Artículo publicado en el diario Información el 7/4/2022

La formación profesional se ha convertido en una alternativa de estudio altamente recomendable y con una clara vocación de empleabilidad. Si hasta hace unos años, se aconsejaba cursar formación profesional a personas que supuestamente no tenían capacidad para afrontar unos estudios universitarios, ahora todo ha cambiado.

Como ocurre en otros países de Europa, la FP ha tomado un prestigio que merece la pena reconocer. Hoy podemos ver en las aulas perfiles de todo tipo: personas que de educación secundaria pasan a un ciclo medio. Otras que de bachillerato han apostado por hacer un ciclo superior y no ir a la universidad. Universitarios que han abandonado una carrera por preferir tener contenidos más prácticos en la formación profesional. También, otras que no ya son egresados universitarios pero no han encontrado empleo y ven en la FP como una salida profesional. O personas de mayor edad que están en desempleo o han tenido un ERE en su empresa y quieren formarse en un nuevo sector. En mi opinión, la formación profesional afronta una serie de retos para el futuro próximo que resumo en estas cinco ideas.

En primer lugar, sería la relevancia de tener una oferta formativa conectada con la economía del territorio. El tener o no un ciclo formativo no debe responder a un capricho político sino a un criterio objetivo que tenga una razón de ser. Una misma zona geográfica no puede tener igual oferta formativa de formación profesional. La oferta va conectada con las necesidades de los sectores productivos de la zona. Por lo tanto, la planificación de ciclos formativos y el resto de cualificaciones profesionales que ofrece la normativa debe ir encaminada a que haya un mapa de la formación profesional conectada a la realidad económica de una zona. Tiene que tener sentido y a veces esa oferta puede ir variando en función de las necesidades de los sectores productivos. Pero la conexión debe ser total y clara.

En segundo lugar, la digitalización como eje transversal de toda la formación. Los procesos de transformación digital en los que estamos inmersos afectan de forma transversal a las diferentes ramas y familias profesionales que conforman la FP. No sólo afecta la digitalización a los ciclos propios de la informática sino al resto. Tener ciertas habilidades digitales y conocimientos que permita proponer soluciones de cómo puede la tecnología ayudar a la transformación digital de un determinado sector es necesario. Además, tener esa formación transversal de las tecnologías más disruptivas y la tecnología habilitadora que sea palanca para el impulso o el cambio de una forma de resolver un problema. Es decir, la capacidad de abstracción de abordar una determinada problemática con el abanico de soluciones que la tecnología puede ofrecer.

En tercer lugar, la posibilidad de adaptación de los contenidos curriculares. Está claro que para que un título tenga sentido debe tener una serie de contenidos pedagógicos, resultados de aprendizaje previstos o criterios de evaluación para superarlo. Pero además, resulta fundamental tener una cierta flexibilidad de abordar los contenidos conectados a la realidad económica y social del territorio. Esa contextualización nace de la conexión que decía antes que debe haber entre el territorio y los centros de formación profesional donde los cuadros docentes estén en contacto con las empresas del sector y se retroalimenten de necesidades, formas de trabajar, herramientas que utilizan y lo que esperan del alumnado que van a trabajar y a realizar prácticas en sus centros de trabajo. También, la posibilidad de la formación profesional dual para trabajar estos aspectos.

En cuarto lugar, la necesidad del multilingüismo en la formación profesional. Cuando uno se pasea por Europa y participa en múltiples encuentros, te puedes ir dando cuenta que parece que nuestro país se está quedando a la cola europea en cuanto a conocimiento del idioma más aceptado por la comunidad internacional como es el inglés. La apuesta por dar contenidos no lingüísticos en otros idiomas debe ser clara para superar estas barreras.

Y en quinto y último lugar y por ello no menos importante, la internacionalización de la formación profesional, con la participación en programas Erasmus+, el contacto del profesorado con centros de FP de prestigio de su familia profesional de otros países. La realización de prácticas formativas en el extranjero o el intercambio de buenas prácticas. 

Se puede afirmar que la formación profesional está de moda y vive una etapa dorada. Es una buena oportunidad de aprovechar estas sinergias en construir la mejor formación profesional posible.

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